Un estudio publicado en Journal of Neuroscience ha descubierto que a algunas personas les cuesta cambiar de decisión cuando la situación se vuelve desfavorable
Está a punto de terminar 2025 y es un gran momento para echar la vista atrás y preguntarnos: ¿Cómo nos las hemos arreglado para haberla liado tanto? Sea como sea tu vida, durante estos últimos 12 meses has tenido más de 300 días para sabotearte. Según algunos estudios (posiblemente demasiado generosos) tomamos 35.000 decisiones al día. Puede que no te hayas saboteado a lo grande, que hayas cuidado tus relaciones personales y que tu trabajo prospere, pero todos hemos tomado alguna decisión cuestionable que, incluso en el momento de tomarla, sabíamos que no acabaría bien. ¿Qué nos pasa?
Los motivos pueden ser muchos. Hace unos días fui a comprar una paleta de cerdo para asar. Cuando me preguntaron si quería que le hicieran algunos cortes pensé: “no, claro que no… aunque bueno, puede que se refiera a cortes superficiales”, así que asentí. A continuación, el carnicero desapareció con la paleta por una puerta y me dije “párale, si fueran cortes superficiales podría hacerlos aquí delante” pero no dije nada. Entonces empecé a escuchar una sierra de hueso y volví a decirme “párale, que para hacer cortes superficiales no hace falta tanto aparataje”, pero tampoco dije nada. La sierra dejó de sonar y el carnicero reapareció con un acordeón de carne que, tan solo un minuto antes, era una esplendorosa paleta de 7 kilos. Di las gracias, pagué, me la llevé y todavía estoy pensando si me perdono por aquella estupidez. Pues bien, ahora un estudio científico publicado en el Journal of Neuroscience nos explica qué pudo fallar.
Toma de decisiones
Tenemos un comportamiento realmente complejo, pero se puede estudiar. La psicología y la neurociencia cognitiva llevan décadas estudiando la forma en que tomamos decisiones y, aunque queda mucho para comprenderla, ya hemos empezado a desbrozar los mitos de la “psicología popular”. Sabemos que nuestras decisiones son menos racionales de lo que pensábamos, que no tenemos claro cómo o por qué las tomamos, pero que estamos dispuestos a convencernos de lo contrario y dar justificaciones tan minuciosas como fantásticas. No tenemos claro si el cerebro funciona intentando hacer predicciones a partir de lo que registran los sentidos, pero vamos sumando indicios de que podría ser así.
En este caso, el estudio de la Universidad de Bolonia ha analizado cómo las personas aprenden y actualizan asociaciones entre señales ambientales (imágenes y sonidos) y los resultados de sus decisiones. Dicho de otro modo: si son capaces de cambiar de idea si hay señales auditivas o visuales que, racionalmente, deberían hacer cambiar de decisión. Pistas visuales como que el carnicero se fuera a la trastienda o auditivas como la sierra de hueso, por ejemplo… Para ello, los investigadores estudiaron el aprendizaje asociativo y la toma de decisiones, observando hasta qué punto los participantes se apoyaban en estas señales para elegir y cómo reaccionaban cuando el significado de las señales cambiaba y pasaba a indicar resultados más arriesgados. El enfoque permitió comparar a individuos con distinta sensibilidad a las señales y evaluar su capacidad para desaprender asociaciones previas y ajustar su comportamiento a nuevas contingencias.
Ni caso
Las conclusiones del estudio están claras. Muestran que algunas personas presentan una mayor sensibilidad a las señales visuales y sonoras y una menor capacidad para actualizar el valor de esas señales cuando cambian, lo que conduce a decisiones persistentemente desventajosas. Vamos, que no logran darle el peso que deben a esas pistas cuando llega el momento de decidir. Según los investigadores, este patrón de toma de decisiones rígida se asocia con comportamientos desadaptativos característicos de las adicciones, los trastornos compulsivos y la ansiedad, lo que sugiere que las dificultades para actualizar creencias sobre las señales ambientales pueden ser un mecanismo clave que contribuye a estos problemas. Y, aunque ponerle nombre no soluciona el problema, conocer el mecanismo puede inspirar nuevos abordajes terapéuticos para identificar a la población más vulnerable y, con suerte, tratar estos problemas.
Sería aventurado concluir que esto es lo que sucedió en mi cerebro durante el fatídico evento de la paleta de cerdo. Aunque pudo tener algo que ver, es probable que se juntara con cuestiones más prosaicas, como inseguridad, timidez y no querer llevarle la contraria al señor que maneja una sierra de huesos.
Precisamente, la complejidad propia de nuestra toma de decisiones hace que estos estudios deban tomarse con cautela. Es posible que sus conclusiones sean ciertas, pero medir estas cuestiones es complicado y la metodología nunca es perfecta. Lo ideal sería esperar a que otros estudios encuentren asociaciones en la misma dirección.
Textos y fotos: www.elmundoalinstante.com