Cuando síntomas como dolores abdominales frecuentes, diarrea persistente por más de dos semanas, fatiga o sensación de evacuación incompleta se vuelven parte de la cotidianidad, es posible que el sistema digestivo esté presentando alteraciones. Estas señales son comunes en la enfermedad inflamatoria intestinal (EII), una condición autoinmune que afecta a más de 4 millones de personas en el mundo y cuya incidencia ha aumentado en el país debido a factores genéticos y ambientales.
La EII ocurre cuando el sistema inmunológico ataca por error la flora intestinal, como resultado, los tejidos del sistema digestivo se inflaman y pueden generar sangrados, úlceras y fístulas. Existen dos tipos principales: la colitis ulcerosa, que es la más común y compromete el colon y el recto; y la enfermedad de Crohn, que puede afectar cualquier órgano del sistema digestivo y suele comprometer las capas más internas de los órganos, dificultando su tratamiento. También existe un grupo intermedio conocido como colitis indeterminada.
“En consulta hemos tenido pacientes a los que un alto nivel de estrés, un duelo o un problema emocional les ha generado la manifestación de la enfermedad. Por eso, apenas las personas sientan que algo no anda bien en su organismo, no duden en consultar. A través de exámenes como endoscopias y colonoscopias, podemos ver alteraciones y hallar pistas para llegar a un diagnóstico. Los médicos sabemos que todavía existe cierto recelo frente a estos estudios; sin embargo, son prácticas seguras, ambulatorias e indoloras en las que el paciente permanece sedado, así que no hay razón para evitarlas cuando hay signos de alarma”, explica Paola Roa, gastroenteróloga adscrita a Colsanitas.
El desarrollo de esta enfermedad responde a una combinación de factores hereditarios y ambientales, una persona con predisposición genética puede desencadenar la enfermedad si sus hábitos favorecen la inflamación. El consumo de alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares y grasas saturadas, reduce la diversidad de bacterias beneficiosas y altera la barrera intestinal. A esto se suman factores de riesgo como el sedentarismo, el tabaquismo y el estado emocional, pues trastornos como la ansiedad o la depresión pueden agravar los síntomas.
La enfermedad tiene dos picos de aparición, en personas mayores entre 50 y 70 años, y en adultos jóvenes menores de 30 años. En edades tempranas, la EII representa un riesgo mayor, ya que puede comprometer más segmentos del intestino, interferir en la absorción de nutrientes y generar desnutrición. Sin un tratamiento oportuno, la inflamación prolongada puede causar obstrucciones, anemia crónica y un aumento en el riesgo de cáncer de colon.
Aunque es una condición crónica que alterna entre periodos de brotes y de remisión, es posible cuidar la salud del sistema digestivo y mantener la estabilidad mediante las siguientes recomendaciones:
- Cuidar la alimentación: priorizar el consumo de alimentos frescos, naturales y ricos en fibra soluble, según indicación médica, para favorecer una microbiota equilibrada.
- Evitar el tabaco y el alcohol: estas sustancias alteran la mucosa intestinal y aumentan el riesgo de recaídas, especialmente en pacientes con enfermedad de Crohn.
- Reducir el estrés: prácticas como la meditación, el ejercicio regular y el acompañamiento psicológico ayudan a disminuir la frecuencia y la intensidad de los brotes.
- Priorizar el descanso: un sueño adecuado regula las hormonas del sistema inmunológico y favorece la reparación del tejido intestinal.
- Buscar redes de apoyo: compartir el proceso con familiares o grupos de pacientes mejora la adherencia al tratamiento y el bienestar emocional.