Un organismo microscópico y aparentemente simple está revolucionando la forma en que la ciencia entiende la inteligencia y la toma de decisiones
La naturaleza sigue sorprendiendo a la comunidad científica con comportamientos inesperados en organismos que, a primera vista, parecen extremadamente sencillos. Durante décadas, el concepto de inteligencia se ha vinculado al desarrollo del cerebro y del sistema nervioso, lo que ha situado tradicionalmente a mamíferos y aves entre los animales más complejos. Sin embargo, algunos descubrimientos recientes han puesto en cuestión esta visión, abriendo nuevas líneas de investigación sobre cómo se procesa la información en los seres vivos.
Uno de los ejemplos más llamativos es el de Physarum polycephalum, un organismo unicelular conocido popularmente como “ blob”, que ha demostrado una sorprendente capacidad para resolver problemas complejos pese a carecer de cerebro, neuronas o sistema nervioso.
Un organismo simple con habilidades complejas
Physarum polycephalum pertenece al grupo de los mixomicetos, organismos incluidos dentro del reino protista que comparten características tanto de hongos como de amebas. Se desarrolla principalmente en ambientes húmedos y sombreados, donde se alimenta de bacterias, esporas y materia orgánica en descomposición.
Su aspecto amarillento y viscoso puede resultar poco llamativo, pero su funcionamiento biológico ha despertado el interés de expertos en campos tan diversos como la neurociencia, la informática o la planificación urbana. Este organismo es capaz de desplazarse y explorar su entorno mediante un sistema interno basado en la circulación de su protoplasma, el material celular que oscila rítmicamente generando movimientos coordinados.
Estos desplazamientos permiten al organismo tomar decisiones aparentemente estratégicas, como evitar zonas perjudiciales o dirigirse hacia fuentes de alimento de forma eficiente.
Cómo resuelve problemas sin cerebro
Uno de los experimentos más conocidos sobre Physarum polycephalum se realizó a comienzos del siglo XXI en Japón. Los investigadores colocaron al organismo en un laberinto con dos fuentes de alimento situadas en extremos opuestos. En pocas horas, el ‘blob’ logró trazar un camino que conectaba ambos puntos utilizando la ruta más corta disponible.
Otros estudios, como los desarrollados en la Universidad de Toulouse, han demostrado que el organismo puede “aprender” a evitar sustancias perjudiciales. Cuando se expone repetidamente a compuestos amargos como la cafeína o la quinina, el blob modifica su comportamiento y evita esas zonas, lo que sugiere la existencia de una forma primitiva de memoria biológica.
El experimento que imitó el metro de Tokio
Uno de los ensayos más sorprendentes tuvo lugar en 2010, cuando investigadores japoneses recrearon un mapa de la región metropolitana de Tokio utilizando gel. Sobre ese mapa colocaron copos de avena en los puntos correspondientes a las principales estaciones de metro y situaron el organismo en el centro.
Con el paso de los días, el ‘blob’ se expandió formando una red de tubos que conectaba las distintas fuentes de alimento. Lo extraordinario fue que la estructura resultante coincidía en gran medida con el trazado real del sistema ferroviario de Tokio, uno de los más complejos del mundo.
Además, los investigadores comprobaron que la red generada por el organismo eliminaba trayectos redundantes y proponía conexiones más eficientes, lo que despertó el interés de ingenieros y urbanistas por estudiar estos procesos como modelo para diseñar infraestructuras.
El comportamiento de Physarum polycephalum ha impulsado el desarrollo de nuevas áreas de investigación, como la computación biológica. Algunos científicos consideran que este organismo demuestra que la inteligencia no depende necesariamente de la presencia de neuronas, sino de la capacidad de un sistema para procesar información y adaptarse al entorno.
El estudio de estos procesos ha servido como inspiración para el diseño de algoritmos aplicados a la logística, el transporte y la distribución de redes de comunicación. Incluso se investiga su potencial en el desarrollo de sistemas informáticos capaces de resolver problemas de optimización de forma más eficiente.
Aunque no puede compararse con la inteligencia humana en términos cognitivos o emocionales, Physarum polycephalum representa un ejemplo fascinante de cómo la naturaleza desarrolla soluciones ingeniosas a problemas complejos. Su capacidad para explorar, adaptarse y encontrar rutas óptimas demuestra que la inteligencia puede manifestarse de formas muy distintas a las que tradicionalmente se han asociado al pensamiento humano. Más allá de su apariencia simple, el llamado “hongo ingeniero” se ha convertido en un símbolo de cómo los sistemas naturales pueden inspirar avances científicos y tecnológicos.
Textos y fotos: www.elmundoalinstante.com